<-- Interdisciplinarixs

¿Qué tres cosas, objetos, bizarrerías meteríais en un gabinete de curiosidades que abogue por la interdisciplinariedad?

Por Carlos Almela. Ilustración de Ana Flecha.


María Acaso: Voy a intentar pensar mi aula como gabinete de curiosidades… En mi clase tengo siempre tres objetos que son de uso cotidiano, pero que no se suelen encontrar allí, y que generan ese extrañamiento que tanto me interesa. El primero es una kettle, una tetera eléctrica, que suele crear mucho revuelo. La tetera no sólo incluye la idea de merienda, de bebida, o de comensalidad, sino que activa un proceso de cocción, con su humo, su calor, como algo que se está haciendo. Además, la kettle viene acompañada de un carrito, de las tazas de los alumnos, de infusiones y comida. En fin, es claramente un dispositivo que altera el proceso de producción de una clase. Otra cosa que muchas veces llevo al aula es una alfombra, o esterillas. Esta superficie o textura diferente hace que nos podamos sentar en el suelo, tumbar. Es un dispositivo sexy que modifica las posturas habituales del cuerpo en la clase, permitiendo por ejemplo que los alumnos se tumben unos encima de otros, que se hagan arrumacos. La alfombra es un dispositivo de mucho poder, que cambia el aula por completo. Por último, hay otra cosa que le pido a los alumnos que traigan durante el cuatrimestre: plantas. Meterlas en la clase es un gesto de apropiación del territorio, una manera de decir: “Esta aula es mía”. La planta, al requerir cuidados, hace que el espacio se vuelva habitado, ¡aunque sea durante cuatro meses!


Lila Insúa: Lo primero que metería es un sonotone, para escuchar. Creo que es básico no partir solo de aseveraciones y escucharnos los unos a los otros.


Selina Blasco: Algo que no sé exactamente cómo funciona pero que considero necesario, como una navaja suiza. Así, las partes que no sé utilizar, las podría usar de otras formas y darle nuevos usos.


Lila Insúa: Y un espejo deformante, algo que no dé cuenta de una realidad unívoca, algo que sientes de una manera y ves de otra.


Uriel Fogué: Yo metería un alienígena, un libro de workout de Jane Fonda y un clave de salsa.


Camilo García y Diego Barajas: Y nosotros meteríamos un caballo de Troya, las rutas migratorias de los pájaros y una peluquería doméstica.


Fernando García-Dory: Lo primero que metería es un cristal mineral, ya sea una geoda gigante o un grano de sal. Y es que su observación implica la conjunción de física, química, matemáticas, estética… e incluso en algunos casos la de la proto-biología. No podría faltar tampoco el libro Extensión y Comunicación de Paulo Freire, en cuanto sitúa al técnico frente al conocimiento campesino y al pensamiento mágico de igual a igual. Por último incluiría un mapa Catawba, inscrito en piel de ciervo, que es un ejemplo maravilloso de cómo esta tribu nativa del actual sudeste de Estados Unidos traducía y sintetizaba información geográfica, social, genealógica y comercial en soportes móviles visuales, ya por el siglo XV.


Alfredo Miralles: En un gabinete de curiosidades metería los objetos que permiten formar un sistema de control automático: una bombilla, un sensor de infrarrojos de esos que hay en el techo de los baños y un cable que los une. El sensor de infrarrojos me gusta porque es algo invisible, y que se activa por el movimiento y la presencia (ya que yo trabajo desde el cuerpo). Proporciona información al circuito. El procesador, representado por el cable, me interesa porque conecta cosas. Es el encargado de entender la información y de hacer reflexiones más abstractas (hay movimiento, por tanto hay un ser en la sala, y necesitará ver). Es una especie de inteligencia. Como actuador propongo una bombilla. Me gusta porque hace ver que es nuestra presencia y nuestro movimiento las que traen la luz al mundo. El actuador es la devolución del circuito, la respuesta que ofrece un sistema automático/robótico a la interacción con los humanos. Además, una bombilla es simbólicamente la imagen de una idea, y “eureka!” es una expresión que comparten los artistas y los científicos.


Julia Morandeira: Pues el LSD es súper interdisciplinar, así que un poco de LSD [risas]. Algo que me parece alucinante últimamente es la recuperación de los zahoríes, que es una profesión antigua que está absolutamente perdida y que se daba sobre todo en el centro y en el sur de España. Los zahoríes son la gente que encontraba agua con unas varillas. Una varilla de zahorí sería el segundo objeto, porque los zahoríes son quienes originalmente buscaban fuentes de agua y no solo eso, sino que tienen una capacidad de ser permeables o más sensibles a cosas que están soterradas, en el underground, en lo oculto. Por ejemplo, me contaba hace poco una amiga que un estudio de arquitectura de Madrid está trabajando con zahoríes que son capaces de encontrar las fosas comunes. Y el tercer objeto, para seguir con el mundo oculto, pues una baraja del tarot.


Mafe Moscoso: Para empezar, metería un árbol de aguacate, concretamente, el de la casa de mi abuela en Cumbayá. Es un árbol que me gustaría ver dibujado con tierra y cielo; es frondoso y está repleto de frutos, que me han alimentado durante mi infancia y juventud. Un árbol de aguacate es una criatura conectada a la tierra en el sur del mundo. Siempre tengo la sensación de que las ramas miran hacia el cielo y hacia el universo. Por otro lado, un árbol es un espacio abierto, donde en la infancia puedes jugar, generando conocimientos sensoriales. El árbol tiene una fuerza, que tiene a su vez que ver con la historia, las raíces, y con su capacidad para ser una memoria viva: parece transmitir como la información del mundo. La historia de la ciencia, como la del sur colonial, es una historia muy violenta y nuestra producción de conocimientos no puede olvidarse de esto. Necesitamos conocimientos experimentales y novedosos, pero no podemos olvidar los contextos y las historia en que se inscriben. También traería un altar de santitos y amuletos, con sus velas y su aguardiente, como el que tengo, y con el que cuido a mis muertos y protectores. El altar lo introduzco porque la ciencia tiene una dimensión mágica y misteriosa que es necesario recuperar. Creo que no hay conocimiento sin espíritu, o más bien, que una ciencia sin espíritu produce un conocimiento que es racista, homófobo, adultocéntrico, etc. Creo que nuestros conocimientos tienen que recuperar el espíritu. Como tercer objeto, quería un objeto que sirviera no para fijar la atención (como una lupa o un telescopio), sino para descentrarla. Y he elegido al San Pedro, cactus que si los tomas adecuadamente, en un ritual, te permiten alterar la mirada y conectar con otras dimensiones de la realidad que es difícil experimentar en el día a día, quizás hacer viajes que son exteriores e interiores y conectar con una sensación de amor y de animalidad, al mismos tiempo. Saberse poco humanos nos vuelve menos prepotentes, creo.